CURSOS ACAJEL
PRIMER SEMESTRE
REDACCIÓN
DESCRIPCIÓN EN CINCO VUELTAS
Por Luis Gruss
1/ Nuestra experiencia como lectores o periodistas
nos permite reconocer, al menos de una manera intuitiva, aquellos momentos de
una narración en los cuales el ritmo de la sucesión de los acontecimientos se
detiene --se frena-- para dar paso, mediante esa cristalización del discurso
narrativo, a otra forma del discurso que llamaremos descripción.
2/ El procedimiento de describir se conjuga
naturalmente con el ejercicio de narrar. Prácticamente los dos registros no se
conciben uno sin el otro. Describir y narrar, asimismo, forman parte de un
mismo cuerpo discursivo definido o recortado, una vez más, por la mirada o
perspectiva del narrador y por la del “describidor”, si así puede llamárselo.
Este último no ve objetos de manera inocente. Sencillamente porque ninguna
mirada es inocente. Quien describe no se dedica a hacer un mero recuento de
detalles innecesarios como si se tratase de un exhaustivo inventario. Recorta,
elige, carga de significado a un objeto que acaso para otro testigo podría
resultar insignificante, banal, aleatorio.
3/ Observar y describir es saber diferenciar el
todo y la parte. Tengamos en cuenta que hasta una foto aparecida en los diarios
es apenas la reconstrucción de una imagen en base a puntos que, al igual que
nuestras palabras y pensamientos convencionales, reconstruyen la experiencia en
base a términos abstractos. Mostrar es, también, entender que toda descripción
corre paralela a la narración. Pero no son la misma cosa. Así concebida, la
descripción se nos presenta como un acto discursivo que difiere de aquel
realizado por la narración. A diferencia de esta última, la descripción
abandona el orden de lo sucesivo para internarse en la noción de simultaneidad.
De hecho no existe al describir un orden naturalmente organizado por el paso
del tiempo. En este caso las cosas, los objetos, los escenarios se muestran
aparentemente al margen del tiempo. Depende del observador qué función terminen
cumpliendo en el discurso. Pero la descripción no se libera jamás de la mirada
individual ni de la necesaria significación que el observador le atribuye
al objeto que por alguna razón llama su atención.
4/ No puede describirse todo. El periodista que lo
pretenda no entiende los límites que la vida (o la página) le imponen. Es una
pretensión utópica, imposible de llevar a la práctica. Si un periodista, a la
hora de contar una historia, no se impone ciertos límites (es decir, si no se
resigna a esconder ciertos datos que necesariamente se le presentan ) la
historia que se ha propuesto contar no tendrá ni principio ni fin, ya
que, de alguna manera, llegaría a conectarse, mediante infinitos vasos
comunicantes, con todas las historias, con el universo entero.
5/ Por lo dicho el cronista que describe se ve
fatalmente obligado a eliminar innumerables datos por ser superfluos,
prescindibles y por estar implicados en los que el narrador hace explícitos. De
todas maneras el autor deberá diferenciar aquellos datos excluidos por obvios e
inútiles, de los datos escondidos esenciales, pero no siempre revelados; y
también de aquellos que sí o sí deben ser nombrados e iluminados por el
cronista. El dato escondido (un tema tratado a fondo por Mario Vargas Llosa en
su libro Cartas a un novelista) se conecta con otro asunto, caro al
Taoísmo y a la pintura china, como lo es la necesidad de utilizar el espacio
vacío que existe entre los objetos: la página en blanco sobre la cual pueden
escribirse palabras, el cántaro hueco donde puede verterse líquido, la ventana
abierta por donde puede entrar la luz, el caño por donde, justamente gracias al
vacío, puede correr el agua. Conclusión: describamos sin atosigar la escena,
sin saturarla. Saturar es ahogar y no dejarle al lector ni un solo resquicio
para que el complete como quiera lo que falta. A la vez, restarle demasiados
elementos a una descripción puede llevarnos a la dispersión y, en un sentido
último, a la nada.