ACAJEL
GENÉROS PERIODÍSTICOS II
LA CRÓNICA (FICHA DE LECTURA PARA
SEPT 11)
“Hay cronistas triviales,
pero la crónica no es trivial”
Entrevista con
Julio Villanueva Chang, fundador de Etiqueta Negra.*
Por Roberto Valencia
El argentino Martín Caparrós la ha
definido como el género de no ficción donde la escritura pesa más, donde más y
mejor se aprovecha la potencia del texto. La mexicana Alma Guillermoprieto,
respaldada también por una larga trayectoria, la presenta como una forma de
vivir la vida y la escritura. Gabriel García Márquez, genio de la concisión, se
aventuró con un sugerente juego de palabras: es un cuento que es verdad. El
entrevistado de hoy la presentará como un gran reportaje muy bien escrito.
Todas estas definiciones se refieren
a la crónica, el gran género periodístico.
Hay más, casi tantas como verdaderos
cronistas. Sin embargo, la crónica sigue siendo un terreno resbaladizo donde
los límites no están claros, donde el debate entre si debe priorizarse fondo o
forma todavía palpita, donde es notorio el abuso en la primera persona, donde
aún hay mucho margen para la sorpresa.
El periodista peruano Julio
Villanueva Chang, ha sido calificado por el diario El País de España, como el
“gurú-editor” de la nueva generación de cronistas.
En el 2002él fundó la revista
Etiqueta Negra, uno de los incuestionables y escasos referente cuando se habla
de periodismo narrativo. Camino de los 42 años, Villanueva Chang tiene un
currículum en el que, además de Etiqueta Negra, destacan sus dos libros sobre
crónicas y perfiles (“Mariposas y murciélagos” y “Elogios criminales”, ninguno
de los dos a la venta en El Salvador), sus artículos publicados en medios como
Gatopardo, El País, Soho o Reforma, sus talleres, cursos y charlas impartidos
en universidades y medios de comunicación de Estados Unidos, Latinoamérica y
Europa, su premio a la mejor crónica otorgado de 1995 por la Sociedad
Interamericana de Prensa...
Merecía la pena sentarlo para
platicar con él sobre la crónica.
¿Se puede definir la crónica en pocas
palabras?
La crónica es un género camaleónico y
excéntrico. De ahí que Juan Villoro la definiera como el ornitorrinco de la
prosa. Pero en tiempos de confusión, una crónica ya no es tanto un modo
entretenido de enterarse de los hechos, sino que sobre todo es una forma de
traducir el mundo. Cuando se propone ir más allá de la narración y adquiere un
vuelo ensayístico, una crónica es también una forma de conocimiento en el que
los hechos conviven con la duda y la incertidumbre. En ese sentido, me gusta
otra definición de Villoro que dice que la crónica es el sentido común del
futuro. En el siglo XXI, un cronista ya no es solo un buen escritor de la
información. Su desafío es ser un reportero y traductor de los acontecimientos,
pero desde una perspectiva de juego de dominó en la que los hechos locales son
parte de una tendencia global, es decir, de “lo glocal”, entendiendo a un
cronista como una especie de GPS, un orientador en el caos de noticias y
rumores. Ya no es tan admisible que, en nombre de la urgencia y la objetividad,
la mayoría de los reporteros dedique su tiempo a historias cuyo máximo sentido
de verdad se constriña al trabajo notarial de reportar hechos incontestables,
tipo verdadero o falso. Su reto es narrar los hechos de tal forma que lleven a
un lector a entender qué encierra un fenómeno y sus apariencias, pero tomándose
la molestia de no aburrir con ello.
¿Cuál es el papel que deberían de
cumplir la crónica y el cronista?
No me gusta predicar sobre el deber,
y menos adivinar el futuro: nos gustan tanto las profecías que nunca se
cumplen. Solo puedo decirte lo que por lo menos intento, de cuando en cuando,
hacer yo: contar una buena historia y descubrir cosas y desengañar a través de
ella. Dar sentido al caos de las noticias y los rumores. Convertir el dato en
conocimiento, y un acontecimiento en una experiencia personal. Y por supuesto,
divertir. La gente en una crónica no busca historias porque le guste leer: la
gente busca experiencias. Y escribimos historias en parte para intentar dar
sentido y lógica a una experiencia. Más que dar noticias, una buena crónica
transmite una experiencia.
¿La crónica ha cumplido alguna vez
ese papel de generar conocimiento para la sociedad?
Cuando uno escribe una crónica, lo
primero que quiere es que le lean y que su historia publicada tenga alguna
consecuencia. La mayor parte cree que su influencia como cronista va a ser más
individual, que es lo que en general ocurre con una crónica más ligada a la
literatura. Una minoría cree que su influencia será más noticiosa y política,
aunque la realidad es que se está escribiendo muy poca crónica noticiosa.
En un plano muy personal, ¿tienes la
sensación de que se está trivializando la crónica?
No. Hay muchos cronistas triviales,
pero la crónica no es trivial. Los periodistas y los medios y los editores son
los que la trivializan, no la crónica.
Cronistas como Martín Caparrós han
defendido que los detalles menos trascendentes se pueden alterar y hasta
inventar para que un texto gane presencia.
Para mí ese es un falso problema, es
un asunto de conciencia de cada uno. Y la única forma de que a uno le preocupe
tanto es si se siente parte de la estación de policía del periodismo. Una cosa
es la ética y otra, la policía. En mi caso, yo escribo por amor propio. El
proceso de percepción de la realidad ya, de por sí mismo, es un acto subjetivo.
La subjetividad no es una elección, es una fatalidad. Si lo vemos en un sentido
estricto...
... Todo el periodismo estaría bajo
sospecha...
No, por favor, no des la exclusiva a
los periodistas: todo acto de percepción y de conocimiento del mundo estaría
bajo sospecha. Es normal. El cerebro, los sentidos y la memoria pueden ser muy
engañosos. Es inevitable. Iluminar una cosa supone ensombrecer otras. Timothy
Garton Ash llama a esto poder literario de selección, ese ojo clínico que un
reportero usa para seleccionar unos cuantos momentos que transmitan toda una
vida, en lugar de todo aquello que, por falta de tiempo o de espacio, tendrá
que omitir. El vigor y la autoridad de una historia periodística está en cómo
administrar esa tensión natural entre lo que se sabe y lo que se ignora, entre
lo que se cuenta y lo que se omite, y en cómo en última instancia un cronista
selecciona y da lógica y sentido a esta información fragmentada y parcial para
poder construir con ella una imagen colectiva de su época. El periodismo, por
su naturaleza simplificadora y urgente, está condenado a desdramatizar la
realidad, pero apostar por publicar una crónica, en lugar de una nota informativa
o una entrevista, es solo un modo de intentar desdramatizarla menos. Un
cronista ejerce con libertad ese poder literario de selección de un modo
similar al de un fotógrafo que elige un determinado encuadre: como le es
imposible relatar la historia en su totalidad, encuadra solo unos fragmentos
que expresen lo que más conviene al propósito de su historia. El relato no es
la realidad, pero la ética y sus lectores tácitos le exigen que no la
traicione. Al optar por un determinado encuadre, por algunos fragmentos del
acontecimiento que ha decidido narrar, el cronista deja otros afuera. El acto
de descubrir supone inevitablemente el de encubrir. El peligro está en que lo
que un cronista decide excluir de su historia contradiga o desautorice lo que
ha elegido mostrar en ella. Entonces no solo no es la realidad, sino que es un
fraude.
Pero como editor, ¿aceptas la
modificación de los detalles?
No. Y si supiera que está ocurriendo,
trataría de advertírselo al lector. Si eres editor de una revista, tus autores
deben saber cuál es tu política editorial. Hay que conversarlo. Pero también se
trata de un acto de fe y de confianza.
Hay como dos grupos de cronistas: los
que hacen descansar sus textos en el reporteo exhaustivo y los que se apoyan
más en su manejo del lenguaje.
Eso es una forma gruesa de decirlo,
porque, como decía Víctor Hurtado, aún hay más estilistas en las peluquerías
que en la prensa escrita. Hay autores que en algún momento no han querido salir
tanto a la calle a hacer un reporteo puerta por puerta y que se preocupan más
por el ingenio y el lenguaje. Pero esos mismos autores, en otro momento, pueden
preferir hacer un descomunal trabajo de campo y dedicar menos tiempo a trabajar
el lenguaje o incluso creer que si lo trabajan en exceso van a oscurecer su
exploración de la realidad. Lo que quiero decir es que no me parece muy justo
dividir a los cronistas en intelectuales y obreros, con todos los malentendidos
que ello supone. Sino que, de acuerdo con la exigencia propia o la de los
editores de una publicación, un cronista elige experimentar más en el reporteo
o en el lenguaje.
Relatos que se hacen en horas y otros
que requieren de meses reciben el mismo nombre: crónica.
El tiempo de trabajo en un tema no es
lo que determina el género. En algunos casos, el tiempo invertido puede
determinar la calidad, pero no el género en sí. Si alguien cuenta una historia
que tiene una intriga, un clímax y un final, y casi todo es verificable, eso ya
una crónica. Aunque se haya reporteado y escrito en la misma tarde.
¿Y cuál es el futuro de este género
es un escenario en el que cada vez se lee menos?
La crónica seguirá siendo un asunto
de minorías, a menos que los cronistas asuman el reto de convertirse en
multimedia y supongo que por allí ya se están trabajando experiencias
ejemplares que aún desconocemos.
*Esta entrevista apareció publicada
en la edición del 15 de febrero de 2009 de la revista Séptimo Sentido, el
suplemento dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica PÁGINAS 6-11.
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